El alfarero*

27 de septiembre de 2011 | 5:08 pm § 0 comentarios § permalink

Todo tu cuerpo tiene
copa o dulzura destinada a mí.

Cuando subo la mano
encuentro en cada sitio una paloma
que me buscaba, como
si te hubieran, amor, hecho de arcilla
para mis propias manos de alfarero.

Tus rodillas, tus senos,
tu cintura
faltan en mí como en el hueco
de una tierra sedienta
de la que desprendieron
una forma,
y juntos
somos completos, como un solo río,
como una sola arena.

*Pablo Neruda

Cuando me ves así*

27 de septiembre de 2011 | 4:58 pm § 0 comentarios § permalink

Cuando me ves así, con estos ojos
que no quieren mirarte,
es que al oírte hablar pienso en la lluvia
sin dejar de escucharte.

Porque tu voz, amiga, como el agua
rumorea el amor,
y pensando en la lluvia me parece mejor
que te escucho mejor.

Cuando me ves así, con estos ojos
que te miran sin verte,
es que a través de ti miro a mi sueño,
sin dejar de quererte.

Porque en tu suave transparencia tengo
un milagroso tul,
con el cual, para dicha de mis ojos,
todo lo veo azul.

*José Pedroni

La calle*

27 de septiembre de 2011 | 4:53 pm § 0 comentarios § permalink

Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

*Octavio Paz

No soy quien escucha…*

3 de septiembre de 2011 | 4:40 am § 0 comentarios § permalink

No soy quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

*Oliverio Girondo

No se

23 de marzo de 2011 | 1:09 am § 0 comentarios § permalink

A Romina A.
(Nobleza obliga, lo prometido es deuda)

Va de corrido, como me gusta escribir cada tanto. ¿Qué querés que te diga? No se si lo vas a leer. Y la verdad, no se si me importa. No se si fue la distancia o si estábamos demasiado cerca. No se si te sobraba o me faltaba a mi. La cosa arrancó bien. Porque siempre arranca bien. Uno sabe que todo se va a terminar enredando, pero se deja. Y, honestamente, valía la pena la elipsis. Y valió. Fuimos de lo más simple a lo más complejo… Y hubo chispa, química… no se, algo hubo. Mucho hubo. Hicimos de lo más vulgar una obra de arte. De nuestro arte. Y hoy… no se. No soy muy romántico. Si pudiera evitar pensar tanto en todo, lo haría. Pero al mismo tiempo, me gusta tanto ser como soy que…

No se… Fue corto, pero lo disfruté mucho. Feliz cumpleaños.

Yo.-

Conciso Conmigo Mismo

4 de enero de 2011 | 8:06 am § 0 comentarios § permalink

Divertido, profundo, sensible, creativo, talentoso, cobarde, impaciente, intolerante, solitario. Entre lo tácito que espero de mi y lo absurdo que cocecho cosecho encuentro tantos abismos llenos de ausencias, tantas promesas por cumplir y tantos romances sonámbulos sangrando en mil espejos, que me asombra a esta altura seguir esperando un guiño del destino.

Yo.-

Sobre Ausencias*

24 de noviembre de 2010 | 1:19 pm § 0 comentarios § permalink

La ausencia no es tal. Porque la vida deja un rastro. La vida es celebración y tras toda celebración queda un rastro de serpentinas, confetis y botellas vacías. Y así, ese rastro, esparcido por toda la casa, nos recuerda que una vez estuvimos vivos. Siguiendo el rastro encontrarás tu propia silueta enmarcada con tiza sobre el suelo de la cocina, la huella dactilar de una sombra en una copa huérfana sobre la encimera, un cigarrillo fumado a medias, unos arañazos en la escalera, una vieja fotografía prendida con imanes en la nevera, un espejo indiscreto que te ofrece el reflejo del hombre que usurpó tu cuerpo dejando sin vida la mirada de antaño y te preguntas que habrá sido del muchacho cuya risa brillaba como el hielo que ahora dejas caer sobre el gin tonic terapéutico.

Caminas por la casa oyendo como cruje bajo tus pies el parqué del pasillo, como quien camina por un lago helado temeroso de que se abra el agua a sus pies. Al llegar a la habitación descubres oscuras aves volando en círculos sobre la cama, y tú tratas de espantarlas agitando el pañuelo de la nostalgia o poniendo un disco de Jacques Brel a todo volumen. Pero las aves burlonas se posan sobre el espantapájaros que levantaste y comen de tu mano el grano del desconsuelo con el que antes confeccionabas collares que abrazaban cuellos de cisnes y sirenas.

El día humedece la tarde con el perfume de otros días. Nada tiene más memoria que el olfato. Y hay perfumes que taladran el pecho como el primer cigarro, como el aire helado de la madrugada.

La ausencia está en todo: en los libros de la mesilla, en las toallas, en la ropa tendida, en la carta dormida en buzón. Durante un instante te quedas colgado mirando un rincón en la pared en el que las arañas tejieron su red, o te quedas hipnotizado mirando un televisor que parpadea con luz estroboscópica: nada que ver, nada que hacer.

Agarras el teléfono y dejas un mensaje en un contestador. Una bengala iluminando un océano oscuro, un mensaje de auxilio. Hola soy yo. Tres pulsos cortos. Ha amanecido tarde este día. Tres pulsos largos. Bueno, si tienes frío o tiempo me llamas. Tres pulsos cortos. Cuelgas.

La pena extiende una película impermeable por toda tu piel, y por ella resbalan noticias y deberes. Bebes entonces con autocomplacencia el licor dulzón del aburrimiento y te preguntas como era tu vida antes de que todo fuese naufragio.

Pero entonces sientes que algo te agarra de las solapas y te levanta del sofá al que estabas atornillado. Cabreado, recuerdas todo lo que queda pendiente. Recuerdas lo afortunado que eres por haber asistido al alumbramiento de unicornios y pegasos, a la lluvia de meteoritos que dibujó el cielo de tu vida tantas noches de verano, y reconoces en la ausencia que habita toda la casa retazos del muchacho que desapareció de el reflejo ofrecido por los espejos en los que te miras. Eres tú. Estás de vuelta.

Huyen las aves. El dibujo de tiza en el suelo de la cocina ya no es tu silueta, es una rayuela sobre la que saltan hadas y faunos. Levantas la persiana y un alud de sol arrastra telarañas y serpentinas limpiando de espectros la casa. Sales a la calle. Es viernes. Es primavera. Es pronto. Recuerdas la leyenda tallada en el reloj que ahora murmuras con una media sonrisa que creías olvidada: acuérdate de vivir.

*Ismael Serrano (quién sino?)

Viceversa*

15 de noviembre de 2010 | 1:23 pm § 0 comentarios § permalink

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte.
Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte.
Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.
O sea,
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

* Mario Benedetti

Los amorosos*

9 de noviembre de 2010 | 1:08 am § 1 comentario § permalink

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡ que bueno !— han de estar solos. » Leer el resto de esta entrada «

Hagamos un trato*

9 de noviembre de 2010 | 12:58 am § 1 comentario § permalink

Cuando sientas tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo.
(de una canción de Carlos Puebla)

Compañera,
usted sabe que puede contar conmigo.
No hasta dos, o hasta diez
sino contar conmigo.

Si alguna vez advierte que la miro a los ojos
y una veta de amor reconoce en los míos
no alerte sus fusiles, ni piense qué delirio
a pesar de la veta o talvez porque existe
usted puede contar conmigo.

Si otras veces me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato,
yo quisiera contar con usted
es tan lindo saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco.

No para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber a ciencia cierta
que usted sabe que puede contar conmigo.

*Mario Benedetti.-